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Caliche no mueve a policas

Crnica: El da que robaron a Valeria � Cortesa


- ¡Shss, cállate! - dijo el entrometido hombre regordete vestido con franela azul y cholas negras que arrebató el teléfono a Valeria mientras esperaba un taxi en la parada de autobuses.

 

Ella lo miró a los ojos; sus inmensos ojos negros.

 

Él la doblegó porque también clavó fijamente su mirada desafiante e intimidatoria sobre ella.

 

- ¡Cállate! - le volvió a decir.

 

Su gesto la enmudeció, pues parecía ser que si abría la boca para decir cualquier palabra la golpearía. El ladrón no tenía escrúpulos, era apenas la 1:17 de la tarde cuando decidió robar a Valeria junto a un compinche; un individuo de contextura esquelética.

 

Aún así los detalló y podría reconocerlos en cualquier lugar donde se vuelva a topar con ellos. Los cinco segundos que duró el robo fueron suficientes para marcarlos en su memoria.

 

No olvida que la estructura ósea del maleante que le arrebató su celular le hacía parecer encorvado y daba la impresión, por su forma de caminar, que era atontado; como dijeran algunos, un gallo.

 

Su cabeza redonda, con el típico corte rapado que deja ver el verde de las venas de la región occipital, delataron el contexto del entorno que lo envuelve.

 

El perfil lo completó el color amarillento de su tez que dejaba en evidencia una reciente enfermedad anémica o un descuido total por su apariencia.

 

Ese ladroncillo no es muy alto, incluso con tacones Valeria le superaba en tamaño; aún así no le hacía falta estatura para infundir miedo.

 

- Es feo -dice- con solo verlo me atemorizaba.

 

Su actitud siempre fue desafiante; desde el momento que sorprendió a la joven mujer, la despojó -sin apuros- de cada una de sus pertenencias.

 

Primero le quitó el aparato móvil que tenía en la mano derecha, pues ella acababa de enviar un mensaje de texto al amigo que la esperaba en Alta Vista para almorzar.

 

Sorprendida

Valeria estaba arrecostada de la pasarela peatonal, en la Avenida Guayana y se sentía segura porque a unos cuantos metros cuatro personas esperaban el transporte público.

 

Sobre su hombro izquierdo llevaba su cartera Coach dorada de grandes dimensiones, la cual, está segura, ese ladrón jamás había visto en vida.

 

También llevaba una chaqueta de piel sintética satinada en la mano y para completar el delito, debió entregársela al pillo.

 

En ese momento ya Valeria estaba temblorosa, tenía los ojos llenos de lágrimas y una elevada presión arterial.

 

-Yo creo que desde afuera se podía ver cómo me latía el corazón - relató más tarde a unos funcionarios policiales.

 

Estaba inmóvil sobre sus sandalias de plataformas beige con anaranjado, no pronunció palabra y tampoco procesó ni un solo pensamiento de lucha o petición de auxilio. Fue una presa fácil para los cazadores del hampa.

 

Una víctima dogmática

Ya el gordito sin gracia se había retirado más o menos un metro de ella, cuando se colgó en su hombro izquierdo la cartera y con esa misma mano llevó la chaqueta.

 

Aún seguía paralizada sin saber qué hacer al momento que el otro individuo le tomó la muñeca izquierda y trató de arrancarle su reloj Michael Kors dorado.

 

- Espérate que él abre fácil -le dijo.

 

Y el maleante esperó.

 

En cuestión de segundos Valeria había desabrochado la pieza y él, el insípido hombre delgado de ojos hondos y barba de mantenimiento barato, huyó detrás de su secuaz.

 

Ambos caminaron por un callejón del barrio Manuel Cedeño, conocido como La Antena, al lado de Los Símbolos o Las Parcelas de El Roble, como se le llama desde hace años.

 

Fue entonces cuando Valeria dejó caer sus lágrimas y expresó cuán asustada estaba.

 

Las cuatro personas que esperaban en la parada no vieron cuándo la robaron, pero bastó tenerla en frente para darse cuenta de lo que pasó. Todos querían saber detalles.

 

Intromisión

- ¿Alguno de ustedes me podrá prestar su teléfono para llamar al 1-7-1? - preguntó Valeria a los dos hombres y las dos mujeres que estaban en el lugar.

 

- ¿Qué te pasó? - respondieron.

 

- Me robaron. ¿Me pueden prestar el teléfono?

 

- ¡Pero muchacha!, ¿dónde estabas tú?

 

- Estaba ahí, en las escaleras, ¿me van a prestar el teléfono? - insistió.

 

- ¡Ay, nosotros no vimos nada! - lamentó una de las mujeres que la veía temblar y dejar caer sus lágrimas.

 

- ¿Me van o no me van a prestar el teléfono? - preguntó por última vez con un tono de impotencia en su voz.

 

- Toma - le dijo un hombre, pero justo en ese momento llegó el Bus de Tránsito Rápido (BTR) y se fueron.

 

Valeria no pudo llamar al Servicio de Emergencias Bolívar.

 

Otras dos personas se sentaron donde minutos antes la robaron y uno de ellos le prestó el celular para que hiciera la llamada.

 

- ¡Hola! Soy Valeria, quiero denunciar un robo - dijo a la operadora que le atendió.

 

- ¿Un robo a quién?

 

- A mí – respondió.

 

- ¿Cuándo y dónde fue eso?

 

- Hace unos segundos, dos sujetos en la Avenida Guayana; huyeron hacía La Antena.

 

- De acuerdo, procesaremos su denuncia - finalizó la empleada del 1-7-1.

 

- ¿Pero no me van a preguntar cómo son los sujetos? - preguntó sorprendida.

 

- No, le pasaremos la información a la Policía del Estado Bolívar.

 

El desconcierto se sumó a los sentimientos que atormentaban a Valeria mientras recordaba todas las cosas que se había llevado el par de ladrones en su cartera, y las pocas posibilidades de ayuda que tenía.

 

Indiferencia

La despojaron de sus tres tarjetas de débito, las dos de crédito, la licencia de conducir, el certificado médico, la tarjeta de alimentación, la cédula, los cosméticos, las llaves de la casa y el poco dinero en efectivo que tenía.

 

No llevaba en su memoria otra cosa más que lamentos.

 

Pero recordó que en el Centro de Coordinación Policial (CCP) Guaiparo estaba un amigo de ella; es el segundo comandante y creyó que podría ayudarla.

 

- Yo dije: allá esta Rizzo y seguramente me mande en una patrulla a buscar a los tipos porque yo vi por donde se fueron y fácilmente puedo reconocerlos, pero me equivoqué.

 

Como quedó en la calle no podía entrar a su casa y tampoco se sabía de memoria el teléfono de nadie, excepto el de sus padres que no estaban en la zona y el de tres amigos, así decidió caminar hasta el comando.

 

Un vecino la vio llorando debajo del sol inclemente cuando subía por el lado izquierdo de la Avenida Centurión y le ofreció llevarla. Él notó que estaba asustada.

 

Le recomendó que fuera directo al Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc), pero ella estaba segura que Rizzo la ayudaría.

 

Cuando llegó al CCP Guaiparo el jefe de los servicios vio que estaba consternada y le preguntaron qué le había pasado.

 

- ¿Está Rizzo? - preguntó Valeria antes de explicarles el robo.

 

- No -respondió el policía- no está ninguno de los jefes.

 

El jefe de los servicios disimuló tener intenciones de prestar su apoyo, así que llamó por radio de comunicación portátil a los policías que estaban en la calle.

 

Los patrulleros respondieron rápido; dijeron que estaban buscando comida en otra jurisdicción. Y los motorizados indicaron que recorrerían el sitio del suceso para buscar a los maleantes.

 

El problema es que ninguno preguntó las características de los hampones, así que Valeria notó que nadie hacía nada serio por ella.

 

- ¿A quién buscaban si nadie me preguntó cómo estaban vestidos o cómo eran? - reprochó horas más tarde.

 

Para completar la ineptitud del proceso, fue en ese momento, casi media horas después del crimen, que la operadora -al escuchar a los policías hablar sobre el robo- indicó que ella -Valeria- había hecho la denuncia.

 

Es decir, el 1-7-1 no había pasado la información a los uniformados de la PEB.

 

Por una hora o más esperó Valeria a que llegaran los patrulleros, creía que ellos la montarían en la patrulla y la llevarían a recorrer al sitio. Aunque tenía miedo, estaba dispuesta a hacerlo.

 

Mientras tanto lloraba, no por tristeza, sino por frustración, pues a los tres amigos que llamó y a los policías en quienes confió, no hicieron nada por ayudarla.

 

Una señora, la mamá de uno de los presos en el Retén Policial se sentó al lado de ella para esperar que le pasaran la comida. Eran casi las 3:00 de la tarde.

 

Le preguntó qué le había pasado y puso a la orden su teléfono para que Valeria hiciera algunas llamadas. Lo aprovechó.

 

Cuando llegaron los patrulleros, uno de apellido Ruiz, la llamó.

 

- Ajá dime - fueron sus primeras palabras.

 

- ¿Qué quieres que te cuente?, ¿lo que me pasó? - preguntó Valeria.

 

- Sí, dime.

 

- Bueno me robaron en la pasarela -respondió la joven.

 

- ¡Ah! pero ya los motorizados fueron para allá y no consiguieron nada - puntualizó el funcionario.

 

- ¿Y eso quiere decir que, ya?, ¿que no hay más nada que hacer? - no salía de su asombro.

 

- Sí, exacto. Ya está listo - concluyó el policía.

 

Valeria se marchó desmoralizada, frustrada y con la firmeza de que siempre -en Guayana- impera el hampa.

 

Sin respuestas

A Valeria tampoco le prestaron atención en el Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc); el funcionario que estaba en recepción se negó siquiera a escuchar los detalles de lo que pasó para, al menos, asesorarla sobre qué hacer. Pese a la experiencia que tuvo, ella aún no sabe cuál es el organismo que da respuestas efectivas a este tipo de vicisitudes.




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