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Cuando la niez transcurre de trabajo en trabajo

La mayora de los nios que se ven obligados a trabajar dejan sus estudios � Ilustracin PRIMICIA / Jahel Prieto


Sale el sol y Esteban se levanta entre escombros. Tiene 12 años y deambula en la calle. Sus papás no asumen responsabilidades; viven cerca del basurero comunitario de Manoa, en San Félix.

 

El joven suele trabajar con una carretilla para recoger la basura de los vecinos, pero también pide dinero a quien se le atraviese. No asiste al colegio, pues “allí hay mucha gente mala”, alega, mientras hace uno de sus mandados.

 

De tez morena, delgado, con el cabello largo y curtido, Esteban luce unos pantaloncillos cortos, hechos del único jean que ha tenido en su vida. Se combina con una franela negra y unos audífonos dañados que encontró hace años en la basura. No sirven, pero su inocencia le permite imaginar que sí.

 

Es casi mediodía y se acerca la hora de empezar a “producir”. Uno de cada tres hombres observa al niño sentado en una acera entre la calle Motilones y el estadio de Criollitos de Manoa.

 

“Señor, ayúdeme por favor, con lo que pueda”, dice Esteban con los ojos aguados y la voz a punto de quebrarse. Cuando recibe la donación monetaria, se embolsilla el dinero y se marcha a casa con una sonrisa de oreja a oreja, pues sus padres hoy lo felicitarán.

 

Esta es la historia Esteban García, uno de tantos chicos que por una u otra razón no tienen un techo seguro en el cual resguardarse y es obligado a trabajar para maquillar la pobreza que vive su familia.

 

De acuerdo a Orlando Alcalá, defensor delegado del Pueblo en el estado Bolívar, no es viable que un muchacho a esa edad deba trabajar y menos si sus padres son personas naturales.

 

“La ley establece que los niños no trabajen, aunque hay una excepción en la que existen permisos especiales para que puedan hacerlo siendo adolescentes, pero este no es el caso”, aclaró.

 

El funcionario acotó que “por omisión, a veces el Estado permite que un niño trabaje en la calle, pero depende del caso. El deber ser es que un joven así no lo haga”.

 

Querer es poder

 

José Manuel tiene ocho años, pero piensa y actúa como un adulto. El mercado de Unare es su territorio y reside en cerca de su lugar donde trabaja.

 

Sus padres, Alberto Sánchez y Sofía Auxiliadora, tienen empleo, pero hacen trabajar a José Manuel porque “la cosa está ruda”.

 

El pequeño vende frutas a medio tiempo, pero durante el día  lustra zapatos a los caballeros que pasan por su zona. En la noche se transforma en el guardia de seguridad de los carros.

 

Tres empleos, la misma cantidad de hermanos que tiene y todos tuvieron que aprender a vivir en la calle.

 

“Yo quiero estudiar, pero no tengo tiempo”, comenta José Manuel, quien se levanta diariamente con un conflicto mental bastante complejo. “¿Sigo trabajando o estudio?”, se pregunta.

 

El abogado Carlos Correa explica que desde el punto de vista jurídico, “de acuerdo a la Ley de Protección al Niño y Adolescente, en su artículo 53, todo niño debe tener derecho a la educación. 

 

Aunque sea de manera gratuita en alguna institución de su cercanía”.

 

Dice que este niño no debe siquiera pensar en comparar el trabajo con la educación, “si él de verdad quiere estudiar, puede hacerlo, sin más limitaciones, el problema sería el papeleo, que es algo tedioso, pero se puede lograr”, señala.

 

Correa recomienda buscar la Ley Orgánica para la Protección de Niños, Niñas y Adolescentes (Lopnna) para conocer con lujo de detalle los requisitos que necesita para estudiar.

 

Sueño cumplido

 

Otro caso de la ciudad es el de Karina Fernández, una joven de 14 años que, a diferencia de otros, tiene el privilegio de ir al colegio. Su única aspiración es graduarse para sacar adelante a su eterna compañera: su mamá.

 

La vida de Karina no siempre fue esa. Hasta hace unos años recorría colegios y universidades para vender “chupi chupi”, pero su sueño siempre fue recibir educación.

 

Cuando crezca, espera convertirse en doctora, para “ayudar a quienes más lo necesiten”, dice la muchacha.

 

Elvismar Hecheverría, su madre, es viuda desde pocos meses después de haber dado a luz y tuvo que trabajar como empleada doméstica en distintos lugares de la ciudad.

 

“Siento que todo el esfuerzo ha valido la pena”, comenta la madre soltera.

 

“Aunque todavía no estamos bien económicamente, tengo la esperanza puesta en Dios de que vamos a salir adelante. Ella (su hija) compra y revende algunos dulces a sus compañeritos para ayudarme con algunos gastos”, añade Elvismar.

 

Hoy Karina cumple uno de sus sueños: estudiar. Pero igualmente trabaja para ayudar a su mamá, por lo que su caso pasó a ser un dato más en la extensa estadística de niños en condición de trabajo que hay en Ciudad Guayana, en Venezuela y en el mundo.

 

Las causas

 

La esclavitud infantil es un mal que asecha a todos los países del mundo, por lo que las causas se deben a distintos factores.

 

El defensor delegado del pueblo piensa que “una de las razones principales pudiera ser por disfuncionalidad en la familia”, aunque no descarta que los problemas de desarrollo también tienen mucho que ver.

 

Alcalá pone a la pobreza como un factor fundamental sobre los demás, para causar la explotación laboral en niños y jóvenes, así como el poco compromiso de familiares que apoyan a pequeños en situaciones difíciles.

 

Alcalá manifiesta que más allá de causas que se dan con el paso del tiempo y el contexto de las personas, hay otras maneras de entrar en esclavitud infantil.

 

“También hay bandas delicuenciales que reclutan niños para explotarlos y tener un ingreso adicional en sus fechorías”, afirma.

 

Evitar el problema

 

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) registra a 215 millones de niños en situación de esclavitud en el mundo, cifra que confirma la falta de políticas para erradicar este mal.

 

“Los órganos del sistema de protección deben tener programas que garanticen específicamente la prevención y el fortalecimiento del tema familiar para que no exista una excepción o problemas escolares”, explica Julián Gómez, impulsor de un nuevo movimiento cristiano llamado Fuerza y Esperanza, que realiza recolectas para proporcionar educación, techo y comida a los menos afortunados.




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