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Despechado lanz a sus hijastros al Guaire

Esta es la leyenda del Monstruo del Guaire � Cortesa


Porque el alma se vacía

como el cántaro en la nube

¡El amor acaba!

porque suave se desliza 

como sombra la caricia

¡El amor acaba!

 

La famosa canción de José José retrata lo que nos puede pasar a todos: que aquello que creíamos inmortal se volvió humo, y, por más doloroso que sea, solo toca voltear la página y seguir adelante.

 

Cada quien lidia con el despecho a su manera, algunos con rocola enchumbada en alcohol; otros con toneladas de chucherías, sobre todo chocolate y helado; los hay partidarios de buscar otros clavos y hasta la ferretería entera… cada quien a su manera. “My way”, diría Sinatra. 

 

Pero Alexander Ramírez Heredia, un albañil de 24 años, encontró una forma atroz de entrompar el despecho que le causó el abandono de Auristela Durán y lanzó al río Guaire a los dos pequeños hijos de ella, de 10 y 8 añitos de edad.

 

Nació así la leyenda negra del Monstruo del Guaire, el homicida con el que las autoridades no saben qué hacer y permanece en una jaula de la PoliChacao, junto a seis policías presos por ladrones y matraqueros, porque los presos comunes amenazan con descuartizarlo, degollarlo y violarlo -todas juntas a la vez- porque los códigos malandros reservan los peores infiernos para los violadores y asesinos de niños. La paradoja de la justicia en medio de la maldad.

 

Hace año y medio que debía estar en El Dorado, pero no se atreven a trasladarlo porque todos saben lo que ocurrirá, hasta él parece resignado a pagar con sangre.

 

El aburrimiento seca al amor

Porque el sentimiento es humo 

y ceniza la palabra

¡el amor acaba!

porque el corazón de darse llega 

un día que se parte

¡el amor acaba!

 

Alexander y Auristela se juntaron en el 2013, ella tenía dos niños y él con cariño, mimos y salidas -cuando se podía- se los fue ganando y le decían papá y a veces, papi. 

 

Pese a que el joven albañil se mataba con trabajos a destajo, y dedicado a los niños, a Auristela un día se le vació el amor -si es que alguna vez lo tuvo- y sin más lo dejó.

 

 Al principio él lo asumió aparentemente bien, no hubo escenas, quedaron como “amigos” y siguió viendo a los muchachos.

 

Pero esa era la superficie de un mar falsamente calmo, porque en las profundidades se gestaba el maremoto que desembocaría en el Guaire.

 

Alexander se atormentaba pensado que Auristela lo había dejado por otro, con quien seguramente estaba acostada en ese momento y eso alimentaba la ira del maremoto.

 

Vamos al parque y por un helado

Porque se vuelven cadenas 

lo que fueron cintas blancas

¡El amor acaba!

porque llega a ser rutina 

la caricia mas divina

¡El amor acaba!

 

Alexander mantuvo una relación casi normal con su antigua familia, acostumbraba visitar a los muchachos y los sacaba a pasear, como hizo el domingo 20 de septiembre de 2015, cuando de mañanita llegó a la casa de sus exsuegros en Catia La Mar. Se los llevó a pasear y prometió devolverlos temprano. 

 

Ese día Auristela había salido y quizás eso avivó sus celos. 

 

Los llevó un rato al Parque del Este, les compró helados y empezaron a caminar hasta el puente que comunica Las Mercedes con Bello Monte, y allí, con los niños tomados de la mano, se detuvo.

 

Solo él sabe si lo había planificado o durante la caminata se apoderó de él la ira, pero tomó al niño más pequeño y lo lanzó al Guaire.

 

Al mayor, al de 10 años, lo mantenía sujeto de la manita, lo agarró fuerte mientras lo alzaba. Él pequeño gritaba y se resistía, pero no pudo evitar que también lo lanzara a las contaminadas aguas. 

 

Uno de los pasajeros de un microbús, que circulaba por allí, vio casi en cámara lenta como el hombre lanzaba a los niños y uno de ellos, “el más grandecito” trataba de agarrarse de una rama.

 

El testigo logró que el microbusero frenara y corrió a lanzarse, para rescatar al niño, que había tragado mucho agua, pero se salvó. El otro niño se ahogó y su cadáver nunca fue recuperado. 

 

Luego de lanzar a los niños al río, el Monstruo del Guaire quedó paralizado, como en shock, y casi de inmediato fue atacado por los peatones que habían presenciado la atrocidad e intentaron lincharlo.

 

Lo insultaron, maldijeron, escupieron, lanzaron al piso y patearon por largo rato sin ninguna compasión. 

 

Hubiese muerto a golpes, si no lo rescata una comisión de la Policía de Chacao, que se lo llevó a sus calabozos, donde los presos se la juraron por eso tuvieron que encerrarlo aparte, y desde entonces sus días transcurren allí, callado, despreciado por todos. 

 

Pocos día después el Ministerio Público le imputó homicidio calificado en grado de frustración en detrimento del niño de 10  años, y homicidio calificado en perjuicio del infante de 8 años. Se ordenó su reclusión en El Dorado.

 

Pagar con sangre

Porque somos como ríos

cada instante nueva el agua

¡El amor acaba!

porque mueren los deseos 

por la carne y por el beso

¡El amor acaba!

 

Ha pasado año y medio y el Monstruo del Guaire sigue en la jaula, preso junto a los policías malandros, resignado a su destino.

 

Recientemente Clímax realizó un reportaje sobre su vida y destaca que a simple vista no tiene pinta de asesino, o delincuente, o azote de barrio, sino un hombre común, limpio, reservado, atento y que pasa sus días leyendo lo que consiga. Al momento de la visita leía El caballero de la Armadura Oxidada.

 

“Su apariencia física y su conducta no intimidan, distan mucho de las del típico azote de barrio. 

 

Aunque solo tiene tres mudas de ropa y siempre anda impecable. No dice groserías, pide permiso y no se queja como el resto de los presos que no se cansan de exigir traslados y comida porque están hambrientos y hacinados”, relata Clímax.

 

Ayuda a los custodios, barre y trata de mantener limpia la jaula.

 

Apenas recibe visitas: Auristela lo visitó una sola vez y le llevó comida; su madre renegó de él y jura que murió ese domingo 20 de septiembre. La única que va esporádicamente es su abuela, que viaja una vez al mes desde el interior para ver al que considera que pese a todo sigue siendo su nieto.

 

Alexander Ramírez Heredia está seguro de que no pagará con cárcel su atroz crimen, sino con dolor y sangre, como lo refleja en su reportaje Clímax: “Mientras los días de Alexander transcurren en esa jaula impenetrable por los rayos del sol, él está consciente que, al llegar a El Dorado, los reos lo harán pagar por lo que hizo. “Yo estoy claro de que me voy a morir. Voy a pagar mi crimen con sangre”, lo decreta.”

 

Porque el tiempo tiene grietas

porque grietas tiene el alma

porque nada es para siempre 

y hasta la belleza cansa 

¡el amor acaba!

porque el sentimiento es humo

y ceniza la palabra

¡El amor acaba!

porque el corazón de darse llega 

un día que se parte.




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