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Me operaron gratis en los Estados Unidos

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Uno trabaja para darse los lujos que cree merecer. Sé que la situación en Venezuela no es la mejor, y los comerciantes nos hemos visto perjudicados de todas las formas posibles, pero es ese mismo estrés la razón de peso para estar unas semanas afuera. Claro, cada año que pasa es evidente que viajamos con el bolsillo más ligero, y tengo que buscar la forma de ahorrar lo más que pueda.

 

Siempre me ha encantado Miami. No saber inglés nunca ha sido un problema, porque es bien raro que allá no me entiendan; parece parte de Latinoamérica y todo.

 

La cosa se complica un poco cuando vamos para Orlando, porque ahí sí toca hacer un esfuerzo extra. Lo bueno es que mi hijo mayor siempre ha tomado el rol de traductor.

 

Fue en julio del 2016 que nos lanzamos para esos lados. Estaba muy feliz de volver a tocar tierra gringa, y que mi celular perdiera señal. Después de haber pasado unas semanas en la ciudad hispanohablante, era hora que mis hijos disfrutaran de los parques que hacen de Orlando un destino fijo en esas odiseas.

 

Todo parecía marchar bien, pero uno nunca está exento de enfermarse fuera de su casa; es más, es raro cuando no sucede.

 

Además de las atracciones increíbles, uno viaja para embasurarse con chatarra de alta calidad. El gusto de comer lo que quieras, no lo que puedas, es increíble; así que le echamos pichón a meterle de todo al estómago.

 

Siempre he sufrido de acidez y de gases. Tragarme un poco de pastillas después de una buena papa es costumbre, porque todo me cae pesado. Pero uno es masoquista, y la tentación que acecha el paladar no nos deja pensar en las consecuencia de nuestros actos. Comí cochino como un demonio, y luego de una noche de panquecas y un sándwich de pernil en una de esas franquicias que no se pueden dejar de visitar, empecé a sentirme mal.

 

El estómago me mataba. Lo primero que me pasó por la cabeza es que me había dado una tremenda indigestión, así que empecé a tomarme todo lo que encontrara en el bolsito de medicinas que no puede faltar en ninguna maleta. Mi condición no parecía mejorar.

 

Recuerdo que no pude dormir bien, y al día siguiente, que fuimos a Universal Studios, aprovechaba cualquier banco para recostarme, aguantar la pela de los mareos repentinos, y echar un sueñito.

 

Esa noche regresa el dolor intenso, mucho más que el del día anterior, y junto a él la preocupación de que eso no se trataba de ninguna indigestión. Llamé a unos amigos que habían viajado con nosotros para decirles que me llevaran a un hospital, porque esta tortura no me dejó pegar el ojo.

 

En el GPS escribimos el nombre de una clínica que nos habían recomendado en el propio hotel. Buscábamos algo sencillo, que pudiera darnos una respuesta rápida de lo que merodeaba dentro de mí; sin sacarnos un ojo de la cara. Creo que colocamos el nombre mal, y la dirección que nos arrojó el dispositivo nos llevó a un hospital que lo único que le faltaba era una piscina para ser un hotel lujoso.

 

Llegamos a las 6:00 de la mañana. Yo me sentía muy mal, así que pasamos por Emergencias. La persona que estaba ahí lo único que hizo fue preguntar qué era lo que sentía. Le expliqué parte del malestar, y le facilité mi pasaporte porque necesitaba alguna identificación. No me exigieron seguro, ni revisaron a ver si tenía dólares encima o contaba con alguien que garantizara mi estadía. Lo único que hice fue llenar una planilla de acceso a que algún médico chequeara mi condición.

 

El procedimiento no duró más de cinco minutos. La persona me hizo las preguntas respectivas y me acostó en una camilla. Al hacer el tacto del estómago y darse cuenta del dolor que reflejaba, mandó a realizarme un examen de sangre y una tomografía de manera inmediata.

 

Recuerdo que en Venezuela presenté un malestar parecido. Fui a una clínica y lo que hicieron fue darme unos calmantes hasta que me sintiera bien. Luego me despacharon sin hacer examen alguno o indagar un poco más sobre mi condición.

 

Al cabo de media hora, luego de tener en la manos los resultados de los exámenes, me recomendaron que me quedara para que me examinaran bien, por un médico mucho más especializado, pero que podía irme si así lo decidía. Claro, la persona insistió en que continuara con los antibióticos hasta el día siguiente y esperara a que un cirujano tuviera la última palabra de mi condición.

 

Ni yo, ni los que estaban conmigo, sabíamos lo que sucedía. Como a las dos horas llega un cirujano, acompañado de otro que hablaba español, y examina los resultados. Supuse que no estaba muy bien, porque no dudó en explorar mucho más a fondo el asunto.

 

Nuestra sorpresa fue genuina: me tenían que operar de emergencia. Resulta que, luego de unas horas, el cirujano me informó que había tenido un problema en la vesícula; al parecer había un pequeño derrame interno de bilis, y a eso se debía el dolor inmenso.

 

Lo primero que nos pasó por la cabeza fueron los gastos; todo el problema que supondría haber sido atendido en un sitio tan lujoso como ese. Llegamos a proponerle a los médicos que me suministraran los antibióticos necesarios para calmar el dolor, y de esa manera partir de una vez para Venezuela a que me operaran allá, porque no teníamos los dólares para cubrir eso.

 

Me recomendaron que no saliera de ahí. En el avión me podía agarrar un dolor muy fuerte y quedar en el sitio. “Opérese, y después se verá qué se hace”. Ese mismo día ya me habían hecho una resonancia magnética y todos los exámenes necesarios para una intervención quirúrgica. Ya me habían preparado todo, y nunca escuché a alguien decirme que debía dejar una garantía o firmar algún papel.

 

Estábamos asustados por el tema de los dólares, así que insistimos un poco más para saber si había posibilidad alguna de salir de ese problema en Venezuela. “Lo único que nos interesa en este momento es salvarle su vida. Ya que está aquí opérese, porque la situación es delicada”. Pasé la noche allá, con una comodidad impresionante y una atención del carajo de parte de las enfermeras y los encargados. Las comidas, para mí, eran gratis; para mis acompañantes costaban 5 dólares. Todo me parecía fuera de serie.

 

Al amanecer, pasa el médico a la habitación y me comenta que si hay posibilidades, a las 12:00 del mediodía voy a estar en el quirófano. No pensábamos que iba a ser tan rápido. Ya a las 10:00 de la mañana me estaban preparando para la operación.

 

Es una situación que nadie espera. Uno sale de viaje y nunca piensa en un seguro de hospitalización, al menos por los días que va a estar allá. Pero las cosas pasan cuando uno menos se lo espera.

 

Una de las enfermeras que me atendió era de familia colombiana. Sabía hablar español muy bien, y conversamos un poco con ella sobre la situación y qué se podría hacer para cubrir los gastos. Ella nos dijo que no nos preocupáramos tanto: si alguien nos preguntaba algo referente al pago, nuestra respuesta sería que yo era turista, se me presentó una emergencia y que no teníamos tantos dólares encima. Eso me calmó un poco.

 

A las 12:00 en punto ya estaba en el quirófano. Fue en ese momento que me hicieron firmar el primer papel, y era para autorizar al anestesiólogo a que hiciera su procedimiento. Mientras hablaba conmigo, lo siguiente que recuerdo es haber despertado de la operación.

 

Fue bastante complicada, porque mi vesícula estaba tan inflamada que no pudieron hacer una laparoscopia. La incisión fue gigantesca. Pasé como ocho días en recuperación. Recuerdo la cantidad tan grande de enfermeros y doctores que pasaron a ver cómo me encontraba. Nunca había visto a alguien tan feliz por el hecho que uno se tirara un peo, pero había una enfermera coreana que cada vez que lo hacía, saltaba y aplaudía; eso era señal de que estaba mejor.

 

En todo ese lapso, un poco antes de darme de alta, me visitaron para conversar de cómo había una posibilidad de pagar la factura que iba a salir del hospital. Eran más de 90 mil dólares. Le explicamos nuestra situación, y el hecho es que estamos en diciembre y todavía estoy esperando un correo de la institución por la deuda que tengo.




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