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Venganza o ajuste de cuentas?

Cuando el homicidio tiene pequeas diferencias � Archivo PRIMICIA/Alberto San Martin


¿Qué diferencia un asesinato de otro?

 

Las causas, las formas, el momento, las armas, el parentesco entre víctima y victimario, las edades, el lugar.

 

Son muchas las variables, casi incontables.

 

No obstante, es común leer a diario dos términos que parecen semejantes y que, por haberse hecho costumbre, se desconoce su contexto.

 

Para ilustrarlos están las siguientes historias de homicidios. Los nombres fueron alterados, pero no así los hechos.

 

Venganza

Ciudad Bolívar. Sector Los Próceres. 2016.

 

Pudo haber sido lunes, martes o miércoles; el día era lo de menos. Pero no, fue sábado y de paso 31 de diciembre.

 

Las luces alumbraban poco, porque la mayoría se había dañado y las que quedaban, las escasas luces navideñas que se habían comprado varios años anteriores, estaban viejas, casi inútiles.

 

Carlos no visitaba mucho a sus papás. Nunca fue muy apegado a ellos y ya desde joven, cuando comenzó a consumir drogas, robar, e incluso a estar recluido en cárceles, siempre trató de mantenerse al margen.

 

Tenía dos hijos con una mujer de la que ya estaba separado: una adolescente de 16 años y un pequeño de 7.

 

Ese sábado, luego de que su mamá le rogara que fuera a cenar a su casa, él accedió.

 

Compartieron tres hallacas entre cinco: él, su mamá, su papá y su hija de 16. Comieron cerca de las 10:00 la noche y luego él salió al frente, a reposar.

 

Faltaban 40 minutos para las 12:00.

 

Una moto pasó por el frente de la casa, pero él no se movió, estuvo tranquilo, quieto: el sonido de los cohetes y tumbarranchos anunciaban el desespero general por el cambio de año.

 

La segunda vez que pasó la moto, faltaban 30 minutos.

 

Él estaba de espaldas a la calle, recostado de un paredón bajo. Su hija le dijo que los chamos de hace rato habían pasado otra vez, pero él no le hizo caso.

 

Pudieron ser segundos, pero no, fueron instantes larguísimos: un muchacho brincó la pared y sacó la pistola; él, desconcertado, no tuvo tiempo de correr. Solo se escucharon tres tiros que se confundieron con las repetidas detonaciones.

 

En el barrio todos sabían lo que pasó: un mes antes, en el velorio de un conocido común, Carlos discutió con quien sería su asesino.

 

Ese día se insultaron, Carlos le dio un golpe en el pecho, lo ridiculizó y este, con el orgullo de quien sabe que nadie es más malandro que nadie, le prometió unos tiros.

 

A Carlos no le importó. Él era malandro desde hacía mucho y el muchacho que lo amenazó era eso: un joven que apenas se levantaba por el barrio, que ahora es que comenzaba en esa vida que él ya conocía desde antes.

 

Finalmente, antes de que el 2016 se escapara del calendario, el muchacho insultado cobró su venganza, dejando a Carlos tirado en el porche de la casa de su mamá, a los ojos de su hija, un 31 de diciembre.

 

Ajuste de cuentas

San Félix. Sector Los Clavellinos. 2016.

 

El cuerpo estaba tirado en una calle larga de tierra, rodeada de ranchos y casas a medio construir.

 

Amanecía y nadie se acercaba, ni sabía nada, ni lo reconocía; sin embargo, a Ronny lo habían cubierto con una sábana amarilla que alguien, en algún momento, colocó y se fue.

 

En una esquina, debajo de una mata de mangos, una comisión policial resguardaba la escena.

 

“Cuando son así, no dicen nada”, le decía uno de los oficiales al resto, aludiendo a los vecinos que desde sus casas observaban a Ronny.

 

Él estaba boca abajo, con la cabeza apuntando al final de la calle, en donde quedaba la casa de su pareja. Tenía 22 y pertenecía a la banda que operaba en su sector.

 

La noche anterior fue a una fiesta en el sector aledaño, en donde mandaba otra banda, con la que él y su grupo de amigos tenían problemas de territorio. Pasó la noche bebiendo y cerca de las 5:00 a.m. decidió regresar.

 

Apenas una calle separaba un sector del otro. Ronny caminaba cuando escuchó las motos.

 

Al ver a los hombres con pistolas corrió, pero ya era muy tarde.

 

“Se escucharon como 20 tiros. Yo me metí debajo de la cama con mi mamá”, comentó un niño cuya casa estaba frente al cadáver de Ronny; a su alrededor había más de 10 casquillos, otros estaban regados un poco más lejos.

 

Así como llegaron los curiosos, también un grupo de jóvenes en motos fue a ver al muerto. Lo destaparon y hablaron entre ellos. Eran miembros de la banda a la que pertenecía Ronny.

 

Los oficiales, atentos, advirtieron que ese caso “picaba y se extendía”, porque así eran los problemas entre grupos delictivos. Y que, al fin y al cabo, de esa manera se ajustaban las cuentas: uno de mi banda por uno de la tuya.

 

Interminable

Pudiese parecer igual, pero en el fondo se descubren varias cosas.

 

Para autoridades que se encargan del estudio de este tipo de casos, como agentes del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas, hay pequeñas pero marcadas diferencias. La venganza implica, necesariamente, un desagravio anterior en la que un sujeto agrede a alguien de cualquier manera: matando a un familiar o alguien cercano, robándolo, insultándolo, faltándole el respeto.

 

Entonces, en ese caso, el homicida va por el agresor como modo de represalia y cumple así su cometido, salda su deuda que es, principalmente, personal.

 

Los modos, las formas, incluso hasta las armas darán otros matices, pero es lo que caracteriza a una venganza.

 

En el caso de un ajuste de cuentas, el crimen va de la mano de las disputas entre grupos delictivos. Este tipo de homicidios son comunes cuando se altera ese “orden establecido” que hay entre un sector y otro; es decir, se refieren a problemas territoriales.

 

Así, cuando se conoce de asesinatos en el sur del estado y que autoridades refieren como problemas entre bandas mineras, puede referirse a este tipo de casos.

 

De cualquier manera, tanto una venganza y como un ajuste de cuentas solo muestra la necesidad interminable de querer pagar con la misma moneda.

 

Entonces, el asesinato termina siendo un uróboros: ese mítico símbolo en el que una serpiente se come a sí misma, dejando ver una forma circular; no termina nunca. Y, de ser así, cabría citar a Ghandi: “Ojo por ojo y el mundo acabará ciego”.

 

Código Penal

Nuestra ley es clara en cuanto al homicidio.

 

Según el artículo 405 del Código Penal Venezolano, quien “intencionalmente haya dado muerte a alguna persona será penado con presidio de doce a dieciocho años”.

 

Sin embargo, desde este hasta el artículo 412 hay una serie de casos y parágrafos en los que la condena puede aumentar o disminuir, según lo estipulado por la misma ley. 




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