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Justicia social

 

Confundir justicia social con subsidio alimenticio hace mucho más daño al pueblo que el que puede haber hecho esa supuesta “deuda social”, que se esgrime como argumento para justificar el traslado de parte del ingreso petrolero a la base de apoyo del proyecto ideológico gobernante.

 

Muchos gobiernos intentan presentarse como defensores de los descamisados, centrando sus políticas sociales en la distribución de bienes de consumo, subsidios y traslado directo de recursos monetarios a la base del pueblo. Eso, que los cronistas de esos regímenes maquillan para llamarlo pomposamente “justicia social”, en sus efectos termina no siendo ni justicia ni mucho menos social, porque su alcance se limita en todo caso a llenar el estómago día a día, de manera de mantener la cabuya corta, no vaya a ser que si se le llena la despensa el voto se vuelva cerrero.

 

La mejor justicia social, si de eso se trata un buen gobierno, es dotar al pueblo de las herramientas para que labre su propio destino, sin ataduras y siendo protagonista activo del desenvolvimiento económico. Si la mayoría de la población es sujeto pasivo en la producción, no hay posibilidad alguna de tener una economía sustentable. En todo caso, la única participación de esa población en la economía se limita simplemente a canjear por alimentos los recursos que recibe del ingreso petrolero. Es incierto y falaz eso de que al subsidiar la comida se está pagando una “deuda social”, porque eso hace al ciudadano pobre más dependiente del Estado y menos partícipe del desarrollo de su sociedad. Justicia social es desarrollar programas educativos que rompan la sucesión de generaciones de pobreza, cada una más decepcionada que la anterior por las promesas de redención incumplidas.

 

He escuchado por allí la expresión de que este pueblo se merece lo que está sufriendo, por haberse equivocado al poner sus esperanzas en Chávez. Yo rechazo ese concepto, que intenta culpar al pueblo por haber expresado una vez más en las urnas de votación su eterno mesianismo. ¿Y qué podía haber hecho, sino confiar en que esta vez sí habría esa ansiada justicia social que ha anhelado por décadas? Pero una vez más, lamentablemente, en lugar de una verdadera justicia social, recibe un mendrugo, y encima tiene que hacer cola para recibirlo. Sería buena una rectificación en este sentido, pero francamente no sé si hay tiempo para ello.

 

La inmigración ilegal

Las leyes que regulan la inmigración no han sido modificadas o por lo menos no hemos visto en ninguna Gaceta que ello haya ocurrido, y sin embargo vemos que están siendo aplicadas en forma muy laxa, lo que ha permitido la entrada al país de centenares de miles de personas venidas de distintos países, que en su mayoría obtienen el status de residentes sin cumplir para nada los lapsos previstos.

 

En algún momento el país va a tener que revisar los procedimientos que han permitido esta inmigración descontrolada, que en algunas actividades comerciales ha venido copando el mercado. Aquí no se trata de estimular sentimientos xenofóbicos, pero de alguna manera hay que exigir que se cumplan las leyes, que son las mismas que nos exigen cumplir cuando un venezolano emigra a otro país.

 

Se trata simplemente de reclamar el cumplimiento de las leyes que regulan la inmigración, porque es evidente que eso no está ocurriendo y sería interesante saber por qué ocurre esta irregularidad. En estos días hemos visto cómo se intenta poner orden en este sentido en la frontera con Colombia, pero en el resto del país, y con otras nacionalidades, la situación es incluso peor que en el Táchira y allí también se debería actuar con la misma severidad y autoridad.

 

¿Se va a seguir dejando entrar al que quiera quedarse en nuestro país o se van a cumplir las leyes de inmigración? Hace poco más de un año escribí lo que me contó una jovencita, inspector del Trabajo, que visitó un establecimiento comercial de unos chinos en Castillito. Al plantear que nuestras leyes solo permiten un pequeño porcentaje de trabajadores extranjeros y que todos los demás tienen que ser venezolanos, la encargada enseguida le mostró un montón de cédulas diciéndole en su escaso español: “aquí todos venezolanos”.

 

Apocalipsis financiero

Muchos escritores han novelado acerca de que el fin del mundo no necesariamente tiene que ser un desastre natural, o por alguna causa extraterrestre, sino que también puede ser por una crisis económica, que destruya los factores de producción, sobre todo en alimentos, y que eso provoque una hambruna mundial que acabe con la mayor parte de la raza humana del planeta. Eso es lo que se ha asomado en estos días, a propósito del desastre de las bolsas financieras, provocado a su vez por el frenazo de la economía de China, que a juzgar por sus efectos, ya queda instalada como la más importante del mundo, o por lo menos al mismo nivel de la primera, que es la de Estados Unidos.

 

Y todo comenzó por una devaluación del yuan, que solo fue del 4.4 por ciento, en un intento del gobierno chino por abaratar sus exportaciones y ganar mercados. El efecto de la devaluación de la moneda china lo que ha puesto de manifiesto es la extrema vulnerabilidad de los sistemas financieros mundiales, basados más en las transacciones financieras especulativas de las bolsas que en los volúmenes de producción que respaldan cada moneda.

 

Los valores de las acciones de una empresa pueden variar sin que ello necesariamente tenga relación con sus estados financieros o productivos y esta variación abre inmensas posibilidades a los capitales especulativos o de verdadera inversión. China comunista, en su economía se comporta como más capitalista que Estados Unidos, al punto de que el 80 por ciento de su movimiento bursátil es de ahorristas personales.

 

Las pérdidas del mercado bursátil de China equivalen a diez veces el tamaño de la economía de Grecia, lo que obligó al gobierno a congelar por seis meses la venta de acciones de toda persona que tenga 5 % o más del capital de una compañía.




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